Los que se fueron no se suplen ni se remplazan, lo que de ellos se pierde no se recupera. Dejan un hueco personal que ningún otro llena. Se fueron, pero a la vez se conservan vivos, con esa “impalpable presencia” y esa nostálgica forma de estar junto a nosotros. Tenemos la impresión de que velan, ayudan y en cierta forma se nos mezclan en la vida.

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