Poco o nada sirve imponerse privaciones corporales si uno después es incapaz de renunciar a los intereses propios para respetar y favorecer los del prójimo.

“¿Sabéis qué ayuno quiero yo? Dice el Señor: partir tu pan con el hambriento, albergar al pobre sin abrigo, vestir al desnudo y no volver tu rostro ante el hermano. Entonces brotará tu luz como aurora, y pronto germinará tu curación” (Is 58, 6-8). Así la luz de la buena conciencia resplandecerá delante de Dios y de los hombres y la herida del pecado será curada por un amor verdadero a Dios y a los hermanos.

Sin embargo el ayuno cristiano no es sólo señal de dolor por la lejanía del Señor; es también señal de fe y de esperanza en Él que se queda invisiblemente en medio de sus amigos, en la Iglesia, en los sacramentos, en la palabra, y que un día volverá de manera visible y gloriosa.

El ayuno, como cualquier otra forma de penitencia corporal, tiene como fin realizar un desprendimiento más profundo de las satisfacciones terrenas, para que el corazón esté más libre y sea capaz de saborear las alegrías de Dios y por lo tanto de la Pascua del Señor.

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