En este día, decídete a amar a Jesús generosamente. Ámalo confiadamente y sin temor. Entrégate totalmente a Él y entrégale lo que has de realizar a lo largo de toda la jornada.
Desea amarlo mucho, ya que, como decía San Francisco, “el Amor no es amado”.
Amar a Dios es buscar complacerlo en todo, por lo cual no vale la pena que andes preocupado. En todo caso, ocúpate serenamente de lo que te toca hacer, sabiendo que Dios tendrá cuidado de ti más de lo que puedes llegar a imaginar.
Pero ten presente que la desconfianza y el interés es como si atasen las manos del Señor.
No hagas lo que tengas que hacer esperando que los demás reconozcan y elogien tu labor, pues, si te elogian, ya habrás recibido tu recompensa, y si no lo hacen te sentirás desdichado.

Haz lo que debas hacer sintiendo que en ello estás alabando a Dios y que te abres a su gracia que te colma, te renueva y te hace sentir pleno. Ésa será tu mayor recompensa.

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